El árbol de la ciencia
Sobre el mundo del conocimiento. · Filosofía
Descartes tenía una particular concepción de la ciencia, que muchos consideran ya superada, pero que quizás pudiera aún iluminar nuestro presente (si le dejamos): según el filósofo francés (y esto se convertiría en una obsesión de toda la modernidad), la ciencia debería estar unificada. El gran objetivo era crear un saber universal, pero que no se entendiera, al menos en el caso cartesiano, de un modo reduccionista, que es como a menudo ha sucedido. Este saber universal es comparado por Descartes (según algunos por influencia de Raimundo Llull) con un árbol: las raíces serían la metafísica, el tronco vendría representado por la física y cada una de las ramas serían las ciencias particulares, que, en el fondo, estarían nutridas por la savia que les llega desde la raíz. La aparente ingenuidad de la metáfora esconde mucho más significado del que pudiera parecer.
Una primera consecuencia, es la relación entre las diversas ciencias y la metafísica. Les guste a los científicos o no, muchas de las teorías que ellos mismos plantean descansan sobre una determinada concepción de la realidad. No se puede hacer ciencia en el vacío, e históricamente todos los intentos de “matar” a la metafísica han terminado errando. A menudo, el afán metafísico de la ciencia lleva a enfoques reduccionistas: cuando los científicos (sin contar con una suficiente formación filosófica) se “meten” a hacer metafísica, suelen dar visiones unilaterales y simplistas, que ignoran la profundidad de los problemas que la realidad plantea. Así, por poner un ejemplo, una metafísica muy concreta subyace debajo de la sociobiología o de la neurociencia.
Una segunda idea sugerente, y que debemos aplicarnos los que nos dedicamos a enseñar filosofía, es que esta disciplina debe constituirse en la raíz del saber. Si queremos mantener la imagen que nos ofrece Descartes, la filosofía no puede dejar de dar a los alumnos una visión interdisciplinar y amplia de la realidad, de modo que se planteen más solucionen que problemas, y, sobre todo, que se muestre la articulación interna de tantos y tantos productos humanos, entre los que se encuentra, por supuesto, la ciencia. Ideas científicas aparecen también expresadas en sistemas filosóficos y artísticos, y si hay una asginatura en la que los alumnos deban tomar conciencia de ello es precisamente la filosofía, la que, según Descartes, debe ser el trono del conocimiento. Enseñar filosofía debería ser, por tanto, enseñar en la interdisciplinariedad.
Por último, otra idea que “nace” de la metáfora (y relacionada con la anterior) es que las ciencias no pueden comprenderse de un modo absolutamente independiente, sino que mantienen relaciones internas entre ellas. El devenir histórico ha hecho que muchas de esas “ramas” fueran plantadas por separado, y que se hayan constituido en árboles independientes. La raíz de la metafísica se va quedando seca (todos sus “esquejes” la desprecian) y parece que la filosofía perdiera su sentido. Sin embargo, no por ello hemos de renunciar a un punto de vista amplio, en el que las humanidades no riñan con las ciencias, y en el que se vuelvan a establecer nuevos lazos entre las distintas disciplinas. Si hoy ya no tenemos un árbol, podemos decir que hemos pasado a cuidar un jardín (el del conocimiento) en el que hay muchas especies, que deben ser cuidadas y cultivadas con especiales cuidados.


