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Genealogía de la educación

Lo que terminamos haciendo con las palabras
A veces pervertimos el sentido de las palabras, lo manipulamos o lo modelamos a nuestro antojo. Y esto, que parece algo ingenuo y sin consecuencias, acaba por transformar también la realidad designada por las palabras. El paso del tiempo echa tierra sobre este cambio, y todo parece normal, tal y como es. Eso es lo que, según Nietzsche, ocurrió con la moral. Pero podríamos pensar en otros ejemplos: a base de que las estadísticas y los medios de comunicación nos presenten a los inmigrantes como delincuentes, no sería de extrañar que dentro de un par de generaciones, ambas palabras se entiendan como sinónimos. Así que hoy, modestamente (pues yo no soy filólogo), me he levantado algo nietzscheano y me he propuesto copiar al filósofo alemán, y realizar un pequeño experimento en torno a una palabra: educación. Educar (hasta donde yo sé) viene del latín e-ducere. Se suele traducir por conducir. A mí personalmente, me suena mal esta traducción, y me gustaría proponer una distinta: guiar. El profesor, más que un conductor (como el pastor con las ovejas, o el conductor con el autobús) es un guía. Más que nada, porque el autobús nunca tendrá intereses, gustos o inquietudes personales. Y los alumnos de hoy en día, y eso os lo puedo asegurar, suelen tener (curiosamente) este tipo de cosas. El profesor debe orientar al alumno en su materia, debe enseñarle un mapa del conocimiento propio de su área, y que luego sea el alumno, con la permanente ayuda del profesor, el que tome su propio camino. En esta línea iba precisamente el modelo pedagógico de la LOGSE. El problema es que quizás este modelo espera demasiado del alumno: no se le puede dejar a su libre albedrío, sino que hay que "acompañarle" en ese itinerario cultural, para que, por así decirlo, no se salga del camino. Educar es acompañar, motivar, alumbrar. Pero nunca dirigir, obligar, o señalar un único camino (histórico, político, filosófico, científico") que es lo que hacen muchos profesores cuando intentan manipular a sus alumnos. Y podemos traer a colación otra palabra, esta vez en alemán (espero que se me perdone la pedantería, pero me parece en interesante): educar se dice "Erziehen", que, traducido literalmente, es sacar hacia fuera. El buen educador es aquel que exprime al alumno, que hace que éste dé lo mejor de sí mismo, que ayuda a que las capacidades de los estudiantes crezcan, se hagan más fuertes, se potencien. Una vez más, un proceso en el que tienen que intervenir tanto el profesor como el alumno. Sacar del alumno lo mejor de sí mismo, ayudarle en su desarrollo. Y, aunque suene a chiste, digo sacar y no meter. Porque sigo teniendo la sospecha de que muchos profesores no quieren sacar las posibilidades de los alumnos sino meter sus propias ideas, posicionar al alumno en debates ideológicos y políticos que le quedan muy lejos. Meterse dentro del alumno. Eso no es educar, es deformar. Aprovechando una posición de privilegio, pervierten y manipulan el sentido originario de una palabra que, le pese a quien le pese, no tiene un significado político (ni de un signo ni de otro), sino cultural, y, sobre todo, humano. Que la educación humanice, pero que no politice.

Hola profe!! esto de que te hayas levantado nietzscheano, es una pista de lo que nos vas a poner mañana en el examen? jeje, espero que sí :P. Un saludo

La reflexión sobre lo que se pretendía en la L.O.G.S.E. (al menos en el "espíritu" de dicha ley) me condujo a esta reformulación del imperativo categórico kantiano que trato de poner en práctica en el aula: "Enseña de tal manera que tus alumnos te necesiten cada vez menos para aprender por sí mismos". A bote pronto, puede parecer un mal principio considerada la enseñanza como negocio (en todo negocio lo bueno es crear dependencias para que vuelvan), éticamente es el mejor signo de que los docentes vamos haciendo bien nuestra labor.

Lo que dices es muy bonito y ojalá pudiera ser así siempre. Pero también ha conducido a un desprecio generalizado hacia la figura del profesor, que a menudo no es respetado ni siquiera por los padres (y tampoco por la mayoría de alumnos). En esta línea va también la reflexión de Fabián (ver en las referencias, su anotación en Reflejos).

La metáfora del sacar me resulta tan inoportuna como la de poner. Sigue considerando la relación educador/educando como una relación instrumental, y no como una comunicativa. Así que ni conducir, ni guiar: andar con... aprehendiendo y aprendiendo, juntos, el caso y el mundo.

Puede que lo de "sacar" suene demasiado duro o tajante, pero no pretendía darle un sentido instrumental. Estoy de acuerdo contigo en la dimensión comunicativa de la relación profesor-alumno. Tan sólo una salvedad: los dos aprendemos, sí, pero cosas distintas. Lo que yo puedo aprender de mis alumnos es distinto de lo que mis alumnos pueden aprender de mí.

Cual sacacorchos socrático, idealidad sería el afloramiento propio y personal desde la motivación e interés de cada uno. Pero, ¿qué intereses tenemos si no hay algunos que se nos ofrezcan/inculquen? Reto claro de la enseñanza veo yo también el saber distinguir la etapa de ofrecer (inculcar en cierta forma, al fin y al cabo, -si es que se ha ofrecido con pasión y alegría) de la etapa del recoger. Esto es: ¿cómo no pasarse en el sembrar? ¿cuándo saber que el alumno ya tiene las simientes -impuestamente sembradas por necesidad, pues, ¿qué es nuestro yo en el vacío cultural y contextual?- y que tan sólo hay que dejarlas madurar a su gusto y modo?