Palabras, conceptos, cosas…
Contra los malos tratos (esta vez ligüísticos) · Actualidad
Si hay una esfera en la que se maltrate al lenguaje, ésa es, a mi entender, la pólítica. Lo cual resulta especialmente llamativo, si recordamos que, en su nacimiento, la democracia pretendía precisamente que el poder de decisión se trasladara de la espada a la palabra. Por eso los sofistas, en su día, cuidaban tanto la retórica y la oratoria. Mucho han tenido que cambiar las cosas en estos siglos, para que muy pocos de los políticos que nos dirigen (or no decir ninguno) sean buenos oradores. La verdad sea dicha, ninguno arrastra con su palabra, ni es capaz de persuadir al que escucha. Por eso no es de extrañar que varios de los dardos(2) de Carreter se dirigieran en su día contra la clase política: es evidente que hoy no nos gobiernan los que mejor hablan, ni tampoco los que mejor argumentan (habría que escucharles en esas reuniones privadas destinadas a “negociar”…).
Con todo, lo de menos es, a estas alturas, que se haya perdido esa apreciación por la palabra justa, por el argumento preciso, y que los parlamentos (y no sólo el nuestro), se hayan convertido en un lugar que a veces parece más un escenario de películas de los hermanos Marx que un espacio donde reside la soberanía nacional y la representación del pueblo. Lo que me parece aún más grave es la terrible distorsión de las palabras, el castigo permanente y la tortura a que es sometido el lenguaje. El ciudadano medio de este trocito de Europa (esto sí que se puede decir de momento) ha pasado de ser ciudadano español (esto ya hace bastante tiempo) a patriota constitucional, de ahí a ciudadano de un estado federal, para terminar siendo ciudadano de una nación de naciones, o representantes de hechos difrenciales insalvables. Al margen del posicionamiento político de cada uno (hoy no quiero hablar de eso), me parece que la proliferación de conceptos, en muchos casos absurdos y vacíos de contenido, está comenzando a ser una epidemia.
Voy a confesarlo: hay veces que mis estudios universitarios no me bastan para comprender los conceptos y la palabras que inventan los políticos. Cuando escucho declaraciones en las noticias, suelo mirara primero al partido al que pertenece el político de turno: sólo así me hago una idea de qué es lo que entiende por expresiones como “Estado español”, “Estado libre asociado”, “nación histórica”, o “nación de naciones”. ¿Cómo es posible introducir tanta confusión, inventar tantas palabras para echar más humo sobre la cuestión? Para que luego digan que la filosofía es abstracta. Y para colmo, por supuesto, el matiz que introducen cuando abordan la cuestión ante diferentes problemas: ningún partido político utiliza los términos de un modo unívoco para hablar, por ejemplo, del nacionalismo vasco o catalán y para hablar del problema de Gibraltar: ¿acaso conceptos como “país”, “nación” o “estado” se refieren a realidades diversas según a qué los apliquemos? Esos monstruos lingüísticos que usan los políticos y que sólo se creen ellos, significan distintas cosas según sus conveniencias. ¿Para qué entonces utilizar un lenguaje? ¿No sería mejor que se callaran todos?


