Pasar al contenido principal

Por la naturaleza: hay motivos racionales

Ni por miedo ni por política: por ética
PaisajeCuando la política se entromete en asuntos científicos hemos de ser, cuando menos, cautelosos. Y eso es lo que ha ocurrido en los últimos años con todo lo que rodea la ecología: capa de ozono, cambio climático, efecto invernadero... Convertir este tipo de cuestiones en asuntos parlamentarios es sospechoso: el negocio del reciclaje o de las energías renovables, la doble moral de no producir nuclear, estar expuesto a sus efectos y comprarla y un largo etcétera que podríamos comentar paso a paso. Flaco favor le hace a la naturaleza la polítización de la ciencia. Y más flaco aún la ciencia profética y apocalíptica: el argumento del miedo y la culpabilidad jamás fue propio y característico del conocimiento científico. Más aún, cuando nos movemos en un terreno tan complejo como el de la ecología, en el que ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo. Si la política de partidos hace bandera de una ciencia más que dudosa y esta ciencia ofrece, al menos en su versión divulgativa, el miedo generalizado como argumento, la respuesta filosófica no puede ser más que una: la crítica.

Debemos ser muy poco racionales si necesitamos de evidencias y demostraciones científicas para cuidar de nuestro entorno. Sólo un idiota destroza su casa, y el planeta es, aunque pueda sonar cursi, la casa común, la de todos. Cada vez que derrochamos energía, contaminamos nuestro entorno o ensuciamos la naturaleza estamos trasfiriendo un daño a todos aquellos que potencialmente pueden verse afectados. Y para entender esto, no hace falta ser de izquierdas ni de derechas, estar a favor o en contra del cambio climático, sentir miedo por el fin del mundo o dejarse llevar por la culpabilidad infundida por los últimos informes de la asociación ecologista de turno. Quizás la política y la ciencia no se han percatado todavía de que una vez más estamos abordando un tema interdisciplinar en el que los valores morales y la reflexión ética ocupan un lugar más que relevante. No se puede ignorar los datos que ha de ofrecer la ciencia, ni hemos de perder de vista la toma común de decisiones sobre el tema, pues eso es la política en un sentido primordial. Sin embargo, en el cuidado de la naturaleza, la ética debe ser uno de los focos principales que iluminen el problema.

Es nuestra propia razón la que puede darnos motivos para cuidar la naturaleza. Una posibilidad: por pura conveniencia. En tanto que formamos parte de la naturaleza somos los primeros interesados en su conservación, sea por nuestra propia supervivencia o por la de nuestra dependencia. Una ética mínima de la naturaleza puede partir de la utilidad. Pero hay más opciones: respeto a la vida, consideración de los seres vivos como un valor en sí mismo, como fines en sí mismos que merecen algún tipo de respeto. Y el que esté harto de tanta racionalidad puede buscar razones en sus propios sentimientos (dejemos de lado, por hoy, si se puede renunciar a la razón y buscar razones a la vez): no son pocos los seres humanos que manifiestan sentimientos de compasión hacia otros seres vivos no humanos, y no hace falta ser ningún místico para sentir que ocupamos un pequeño lugar en el planeta tierra, por no hablar del universo. ¿Necesitamos entonces que lo políticos conviertan estos temas en asuntos de partido" ¿Ayudan los informes científicos que tratan de atemorizar a la población" No demasiado. Es mucho más sencillo reconocer que la naturaleza es un asunto de todos. Y ya.

P.D: esta anotación pertenece a la acción 100 posts sobre el cambio climático.