Por una medicina sostenible
La función de la medicina en el estado del bienestar · Actualidad
La reciente polémica en torno a la financiación de la seguridad social ha estado marcada por la discusión política: ¿debe aumentar el precio de gasolinas, alcohol y tabaco? Haciendo un alarde de renovación, se nos dijo que sumentar los impuestos del alcohol y el tabaco es una medida propia del socialismo. Siempre he pensado que el socialismo es otra cosa, pero dejémoslo ahí, porque hoy no quiero hablar de política. El problema de fondo es algo que todos los que trabajan en la sanidad saben de primera mano, pero que ningún político se atreve a decir en alto, pues sería muy impopular: por decirlo en 4 palabras, el sistema es inviable. Es normal que el déficit sanitario aumente año tras año, porque cada vez presionamos más, e intentamos que nos cubra una mayor cantidad de servicios. Cómo financiar todo esto es uno de los problemas, pero no el más grave. Lo más difícil es llegar a encontrar el modo de que cambie nuestra mentalidad.
La idea no es mía: se la escuché a Diego Gracia hace un par de años, pero cualquiera que conozca a alguien que trabaje en un hospital puede haberlo escuchado, de una manera u otra. Nuestra sociedad tiende a transmitir, entre otras muchas, dos ideas muy nocivas para el ejercicio de la medicina: la enfermedad y la muerte no existen, y si hacen acto de presencia son antinaturales. Tendemos a pensar que todos estaremos eternamente sanos, eternamente vivos. Los enfermos y los muertos se esconden, y por ello la medicina se ha convertido en un producto más de consumo. No sólo porque haya viajes en los que se conciertan operaciones, sino porque esperamos que el sistema sanitario sea capaz de encontrar siempre una solución a nuestros problemas de salud. El médico o la seguridad social tienen que ser todopoderosos. Por ello no es de extrañar que cada vez aumente la demanda de servicios sanitarios, mientras que los presupuestos no pueden aumentar de la misma manera.
Todos sabemos, por ejemplo, que la parte más importante del presupuesto de sanidad se va en utilizar tratamientos duros, a veces agresivos, con los pacientes más mayores, mientras enfermedades que afectan a pacientes más jóvenes (o más pobres) no reciben la atención que debieran. No debemos morir nunca, la vejez está maldita, y eso tiene un precio muy perjudicial para cualquier sistema sanitario. Por ello, si no queremos que el sistema quiebre, necesitamos replantear la financiación, sí, pero de un modo más urgente los estereotipos sociales y culturales. Las expectativas sobre la capacidad de la sanidad pública deben reducirse si queremos una gestión más equitativa, y más justa de todos los recursos. Algunos ya abogan, por ejemplo, por aplicar ideas de Rawls al sistema sanitario. Al margen de la solución elegida, este cambio cultural (y no económico) es el único camino hacia una medicina sostenible.


