Restaurar, respetar y traicionar
¿Qué debemos hacer con las grandes obras de arte? · Arte/cultura
A lo largo de los siglos vamos atesorando objetos de todo tipo que por sus características particulares consideramos especialmente valiosos. Así, vamos formando un pequeño “tesoro” de la humanidad. Nombrado de un modo institucional y a gran escala, es lo que llamamos Patrimonio de la humanidad. Pero si dejamos a un lado a las instituciones, todos estos objetos, símbolos del fetichismo del ser humano, son sencillamente “arte” o “bienes culturales”. Tampoco resulta fácil delimitar bien ambas categorías: sobre la dificultad de definir el arte ya hemos hablado aquí, y el concepto de “bien cultural” es aún más complicado: desde un coche antiguo, hasta el abanico de una folcrórica, basta que una sociedad señale algo con el dedo mágico de la cultura para que se convierta en un objeto digno de ser protegido. Pero ¿cómo protegerlo?
El problema es aparentemente sencillo, pero más complicado cuando nos lo planteamos a fondo. ¿Cuál debe ser el criterio último que debe guiar las tareas de restauración? La idea intuitiva es “dejar la obra como nueva”. ¿Realmente es eso posible? Me temo que la respuesta a esta pregunta es sencillamente no. Se puede restaurar a gusto del consumidor: que la obra quede como espera verla el “clilente”. También se pueden considerar sólo criterios históricos: respetar las señales del paso del tiempo como marcas de la historia, que a menudo pueden despertar más curiosidad que la propia ora de arte. Se pueden seguir criterios artísticos: intentar rescatar la “técnica” y colores que quiso utilizar el pintor original… O incluso con criterios “químicos” limpiar absolutamente todo lo que no sea pintura original.
Aplicar cualquiera de estos criterios de un modo unilateral es, a mi juicio, una barbaridad. En toda obra de arte entran en juego muchos intereses, gustos personales y variables culturales, y por eso hay restauraciones muy polémicas como la del Caballero de la mano en el pecho (antes y después). James Beck es uno de los estudiosos que repetidamente ha denunciado lo que él considera auténticos atentados contra el patrimonio de la humanidad, como la restauración de la capilla sixtina. Según Beck, esta restauración ha ejecutado una traición a la genialidad de Miguel Angel, que vuelve a estar en el centro de la discusión al hilo del quinto centenario de su David. La restauración termina imponiendo el gusto de una época (siempre la presente) sobre otra, que además no puede defenderse. Cogemos el pasado en nuestras manos, para intentar que siga siendo valioso, pero a menudo lo que hacemos es destrozarlo. ¿Qué debemos hacer con nuestras obras de arte? ¿Cómo debemos intervenir? Un profundo debate social al respecto no nos vendría nada mal…
P.D: tanta es la indignación de autores como Beck, que se ha creado una Fundación en defensa de los derechos del arte. Curiosa página, con informes muy críticos con intervenciones en obras cumbres de la Historia del arte…


