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Ser para otro

Las APP una nueva forma de esclavitud o dependencia. Somos para otros.

Hace no mucho saltaba la noticia de que en España consultamos el móvil unas 150 veces al día. Lo de menos es el número real, y hay por ahí quienes ponen en duda la cifra o tratar de matizarla. No hacen falta estadísticas ni nada parecido: basta ir viendo cómo vamos por la calle. Cuando no directamente obnubilados por la pantalla y pegados a ella, sacándolo del bolsillo para desbloquearlo y confirmar que no tenemos ningún nuevo mensaje/notificación/mail/llamada. El panorama de las aulas no es muy distinto: nunca estuvieron l@s alumn@s tan preocupad@s por el tiempo. De toda la vida han estado en clase (hemos estado en clase) deseando que la clase terminara. Pero ahora consultan el reloj del móvil dos o tres veces en cada clase. Evidentemente: esta es la milonga que nos venden, pues no hace falta ser muy listo para imaginarse que están pendientes del Whatsapp/twitter/facebook/Instagram/Snapchat/Tontapp de turno. Así estamos más pendientes de las notificaciones del móvil que de lo que tenemos más a la mano. Somos, más que en cualquier otra época, un ser para otro. Con la particularidad de que ese otro está diluido en un conjunto de circuitos electrónicos.

 

Hay dos notas que me parecen destacables a nivel antropológico. De un lado estar volcado hacia el móvil es expresión de vacío. De aburrimiento. Vivimos ávidos de que una nueva notificación venga a llenar nuestro tiempo y, por extensión, nuestra vida. La integración de Internet en los mal llamados teléfonos inteligentes y la proliferación de aplicaciones nos obligan a vivir a la expectativa. Con un añadido a mayores: la notificación que recibamos provocará una satisfacción personal (o no) de una duración ínfima. Enseguida necesitamos otra. Interactuar. Movernos. Hacer. Contestar. Controlar a la vez las preguntas del ask, las quedadas o conversaciones del whatsapp y las menciones del twitter. Parece que esto fuera la forma más genuina y auténtica de vivir.  Claro que hay algo más allá de la pantalla. Por supuesto que interactuamos con gentes a las que nunca vimos y con los que podemos compartir ideas, intereses, proyectos. Pero la pregunta capital que hemos de contestar es si este más allá es realmente más valioso que el aquí y ahora, que la realidad física y las personas que me rodean.

 

Este grado de exposición nos transforma en voraces consumidores de notificaciones. Esperar el mensaje que no llega, el retweet o el consabido "me gusta" del facebook. Es el pan de un ego virtual que está muy lejos de satisfacer al yo real, pero que termina sustiuyéndolo. Nos alimentamos de todas estas cosas virtuales que al final condicionan y construyen nuestras relaciones reales. El grado de exposición a lo público es tan grande que necesitamos nuestras pequeñas recompensas, nuestra pequeña dosis de cariño y aprobación virtual. Así que utilizando la terminología de Sartre, a mayor integración de las redes sociales, el ser para otro le va comiendo espacio y posibilidades al ser para sí. Somos cada vez menos conciencia, menos reflexión y más exposición, más efusividad, más efervescencia social que se agota en su propia manifestación. Quien sabe si algún día, quizás no demasiado lejano, dejemos de ser conciencia y nos definamos en esta relación virtual, que nos ofrecerá un sitio en el mundo y en la sociedad en función de diversas características sociales, económicas y culturales. Estas redes sociales que nos transforma en asociales, estas tecnologías de la información y la comunicación que nos desinforman y nos incomunican. Esta sociedad del conocimiento que nos muta en ignorantes.