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Kant y la Filosofía de la Historia


Introducción

La Historia es una de las preocupaciones centrales de la filosofía kantiana. No se puede olvidar que el filósofo de Konigsberg es considerado uno de los máximos representantes de la Ilustración alemana, y que devoraba todas las noticias que le llegaban de la Revolución francesa, que él recibió con un entusiasmo apasionado. De hecho, Kant es uno de los primeros autores de la Historia de la Filosofía que se hace plenamente consciente de su presente histórico. Al preguntarse ¿Qué es la Ilustración ? (o al tratar de responder a la pregunta planteada por un periódico alemán de la época), Kant se está preguntando ¿Qué es este tiempo que nos ha tocado vivir, este periodo histórico del que somos una parte inherente? De hecho, en la obra que vamos a analizar aparecen rasgos típicamente ilustrados, entre los cuales hay que subrayar al menos dos:

En cierto modo, la concepción kantiana de la historia consistirá en pensar cómo se van integrando estas ideas a lo largo de la historia, cómo estas ideas se van desplegando en el acontecer de la vida humana. Por eso, la primera pregunta que se hace Kant en la introducción se refiere precisamente a la finalidad de la historia. Según una de las conclusiones de su filosofía práctica, la libertad de la voluntad y la conciencia moral se manifiestan en cada una de las acciones morales. Así, cabe entender la historia como narración de estas acciones. Kant entiende que la Historia tiene una finalidad: “[…] al observar el juego de la libertad de la voluntad en grande, se puede descubrir en ella una marcha regular; igual que se puede llegar a conocer en el conjunto de la especie […] aquello que se ofrece confuso e irregular a la mirada de los sujetos particulares”. Así, el individuo común es incapaz de ver en su presente la dirección de la historia. Lo paradójico del caso es que ésta parece estar construida a partir de la libertad de los individuos, lo que no impide, sin embargo, que haya un “hilo conductor”, un propósito de la naturaleza:

“Apenas si reparan los hombres en particular, ni el mismo pueblo en su conjunto, en que, al buscar su sentido, según su propio propósito y a menudo en contraposición a otros, persiguen sin darse cuenta, como hilo conductor, el propósito de la naturaleza, que desconocen, y colaboran en su misma promoción, aunque, si les llegara a ser conocida, poco les importaría.”

La historia no se puede planificar, ni es posible organizarla de ningún modo, pues los hombres ni actúan de un modo plenamente instintivo (como los animales) ni de un modo puramente racional, que se ajuste a un plan predeterminado. Lo que en el presente parece una acción catastrófica, y nos empuja al pesimismo, puede, a la larga, revelarse como una acción que consolida este propósito del que habla Kant. La historia se escribe, así, con “necedad y vanidad infantil, a menudo incluso con maldad infantil y afán de destrucción”. La “contradictoria marcha de las cosas humanas” desvela “un propósito de la naturaleza”. Una historia de la humanidad implica que los hombres, procediendo sin un plan propio, se ajusten a un “plan determinado de la naturaleza”.