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A veces, las buenas prácticas también pueden ser perjudiciales.
La semana pasada aludí en una de las anotaciones de esta bitácora a la utilización de la educación como un instrumento más de propaganda. A quien aprovecha la pizarra como si fuera un escenario político, tanto para ensalzar las decisiones de tal o cual partido, como para destruirlas. "Sed críticos", "No os dejéis manipular", "Este sistema educativo (o el próximo que venga) quiere teneros todo el día debajo de su zapato"... Son frases que alguna vez he escuchado como alumno y que algunos alumnos, según cuentan, siguen escuchando. Los filósofos siempre se dieron cuenta del poder de la educación. Ahí están ejemplos como el de Platón o teorías más recientes sobre el poder, como la de Foucault. A lo mejor, inspirándose precisamente en este pensador francés, hay quien practica la contracultura, paradójicamente dentro del sistema educativo, que debe ser, entre otras cosas, sede de cultura. Por el contrario, algunos piensan que el sistema educativo es una máquina de producción de sujetos, o un criterio de selección de los mismos. Quiero dejar claro que la crítica es un ejercicio muy sano. Pero no conviene, como se suele decir, tirar al niño por el desagüe para limpiarle. Bajo mi punto de vista, vivimos en unas circunstancias sociales absolutamente extraordinarias, que no se han dado nunca durante tanto tiempo en toda la historia. Desde luego, que nuestro sistema democrático tiene fallos y es bueno criticarlo para reforzarlo. Pero no para destruirlo. ¿Qué pasaría si triunfara esta crítica destructiva" Tenemos una oportunidad única en la historia, que se llama sistema de derechos. No le echemos a perder con un diletantismo vacío, y apliquemos también a la crítica el viejo adagio latino: "De nada demasiado".

Por suerte, en nuestros tiempos, -apoyado por esa juventud tan crecida, en todos los sentidos- creo que no hay menor grado de inculcación sesgada y de manipulación de cociencia que aquella defensa a ultranza de algo; esto es, que la propia culturización. Por ello, sólo aquellos que enseñen algo desde su crítica, desde la aceptación libre y comprensión autónoma por parte del intelecto del alumnado, podrán lograr moldear al ser humano, excesivamente quemado de doctrinalismos y de subordinaciones históricas de todo tipo.

Pues tienes toda la razón. En el poco tiempo de llevo en esto, siempre que he he tenido compañeros a los que se veía de qué pie cojeaban (de uno y otro signo) y que han tratado de filtrar sus ideas en las clases, han generado el efecto contrario. Los alumnos enseguida captan este tipo de maniobras y reaccionan precisamente en contra de lo que les quieren obligar a pensar. Un profesor puede, faltaría más, tener sus propias ideas, pero no debe aprovecharse de su posición para tratar de inculcárselas a sus alumnos. Lamentablemente no es así en muchos centros (seguro que muchos de los que lean esto podrían poner ejemplos...)