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Con las letras unas se hacen otras: un sistema educativo hecho de remiendos

Wert se fue, pero la LOMCE se quedó. Con la inestabilidad política algunos albergábamos la esperanza de que no llegara a aplicarse. La única opción de gobierno alternativa al que tenemos ahora se ahogó en su propio jugo. Así que para desgracia de la comunidad educativa la ley se aplicó por completo. Como suele ser habitual en estos casos, el profesorado ha hecho la guerra por su cuenta: que si me falta la filosofía, que menudo atentado contra la música, que si es intolerable lo que pasa con la tecnología. Cada cual a su garbanzo. El frente común, así somos de previsibles, contra la nueva jerga y la nueva documentación. Nos duele que ya no sea suficiente con empezar el curso y cambiar el año de la programación. En los últimos dos años nos ha tocado imaginar qué es esa entelequia maldita llamada estándar de aprendizaje. Integrarlo en diseños curriculares y matrices de evaluación. Un no parar de trabajo que por si fuera poco ha venido acompañado de medidas del servicio de inspección correspondiente. En fin: el ceremonial propio de una nueva ley educativa que se resume en el humano gesto de mirar hacia otro lado. Me presentas el documento, me encaja, veo lo bien que das una clase y a seguir. Todo en su sitio. Todo menos una cosa en la que no se suele reparar: l@s alumn@s.

 

Y es que por mucho que queramos denunciar el daño que ha hecho la maldita ley a l@s profes, son l@s estudiantes quienes de verdad van a pagar el pato. Desde abajo hasta arriba (y solo en lo que toca a la secundaria): la antigua diversificación, que por momentos se vio amenazada por la desaparición, se ha visto sustituida por el PMAR (Programa de Mejora del Aprendizaje y del Rendimiento). Se adelanta el inicio del programa a 2º de ESO y se mantiene la duración de dos cursos académicos. Las hábiles inteligencias que engendraron la LOMCE no tuvieron mejor idea que devolver a estos alumnos, que llevan dos años con un currículo adaptado, a un 4º de ESO similar al de sus compañeros al menos en asignaturas como lengua, ingles y geografía. Es decir, el sistema reconoce la diversidad y trata de adaptarse a ella en 2º de ESO para después abandonarla por completo en 4º. Estrategia opuesta, por cierto, a la que se aplica en la FPB (Formación Profesional Básica): resulta que quienes abandonan la secundaria en 2º de ESO podrán obtener el título de secundaria si sus profesores lo estiman adecuado. Un auténtico disparate y un agravio comparativo respecto a sus compañeros que acaban la secundaria habiendo repetido algún curso o a quien opta por el PMAR. Pero en medio del auténtico caos que ha generado la ley de marras.

 

Si el disparate del PMAR y la FPB es de tamaño considerable, lo que se está haciendo con el acceso a la Universidad es demencial, y debería ser denunciable ante un tribunal competente que inhabilitara de por vida para cargo público de por vida. Nadie en el partido que aprobó la ley pensaba que las reválidas fueran a realizarse. Por pura aritmética política y viendo cómo estaba la intención de voto se sabía que la ley nacía muerta. Sin embargo, ahí estuvieron dándole al botoncito nefasto. El caso es que la irresponsabilidad de un ministerio y del partido de gobierno nos ha llevado a que toda una generación no sepa en el mes de febrero las condiciones en las que se jugará el acceso a la universidad en junio. El ministerio tuvo la deferencia de endulzarnos la navidad con una Orden que regula la estructura de las pruebas. Seis semanas después de aquello, las comunidades siguen a lo suyo: ver cómo resuelven el galimatías. Castilla y León, por poner un ejemplo, ha sacado una orden en la que se especifica la constitución de las comisiones encargadas del examen. El texto se complementa con declaraciones del consejero, que en plan apagafuegos va diciendo por ahí que las pruebas serán similares a las de años anteriores. Algo que es incompatible con la ley: si se cumple la orden ministerial habrá pruebas que tendrán que ser radicalmente distintas a lo que fueron. Y así estamos: enfilando mediados de febrero y con la mayor incertidumbre educativa en cuestiones de calado de la historia de la democracia. Se ve que l@s hij@s de los políticos no están en 2º de bachillerato o si acaso lo están tendrán una plaza asegurada en alguna de esas universidades destinadas a las élites. Que a estas alturas no haya dimitido nadie por estar como estamos es una señal de la inmoralidad que campa por ministerios y consejerías. No sé si la única ganancia pueda ser que ante cualquier debate educativo un representante del partido popular guarde silencio en su habitual ataque a la LOGSE. El desaguisado educativo que han liado con la LOMCE debería estudiarse como un auténtico fiasco político.