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Crece un mito entre el desencantamiento del mundo
José Tomás en la plaza de las ventasNo es preciso ser un especialista en toros para darse cuenta de que en estos últimos días se habla de algo extraordinario. Ni siquiera es necesario que a uno le gusten los toros para tomar conciencia de que estamos asistiendo a la forja de un mito en un tiempo que se cree postmoderno, en una sociedad que gusta de presumir de "progresista" y a través de una mentalidad que se ha dedicado a destruir mitos desde hace varias décadas. Dejando de lado las contradicciones y sin entrar a valorar la "calidad" de José Tomás (ni siquiera soy aficionado a los toros) hay algo que sí quiero comentar entre otras cosas porque me parece que influye en la "mitificación" del torero: su muerte. No su muerte real (ojalá conserve su salud mucho tiempo) pero sí la posible, la probable. Y es que parece ser que en el caso de este torero la posibilidad y la probabilidad aumentan respecto al resto.

Forjamos mitos por muchos motivos: porque hay quien hace cosas extraordinarias, por la difusión o trascendencia del personaje... y un tercer motivo es por la "mortalidad" que acompaña al "divinizado". Sabemos que todos nosotros somos mortales, que podemos morir mañana, pero lo más seguro es que desechemos esta posibilidad. Lo habitual es que no entre en nuestros planes perder la vida mañana. Sin embargo, hay quienes parecen acostumbrados a tontear con la muerte, a jugar con ella como si fuera una compañera de viaje. Otra comparación: una más de la empresa. Como quien saluda al gerente o al conserje, hay quien baila con la muerte y asume que esa es su profesión, su actividad. Convertir lo que para la gran mayoría significa la aniquilación completa del ser en una presencia permanente provoca un atractivo social inevitable e irresistible. Atreverse a hablar con la muerte de tú a tú, sin rodeos: lo que espanta a la mayoría es buscado por el semidios, por el heroe que confía en sus fuerzas para salir indemne del encuentro.

La muerte ha sido organizada y estructurada de diversas maneras: su dimensión cultural es innegable. Pero en todas sociedades existen formas de escenificar la muerte, personas especiales que tratan con ella y a las que se les atribuyen características especiales. No estamos ya, qué duda cabe, en las tribus animistas. Pero sí vivimos en una sociedad que crea mitos a golpe de talonarios, orejas, titulares, reportajes y salidas a hombros. Más aún cuando a la muerte se le añade el silencio: la intriga y la curiosidad son la consecuencia lógica de la ocultación, del alejamiento de la masa que te encumbra. El vulgo sabe que la muerte está ahí, que le espera, pero la rehuye. Nos negamos a plantarle cara. Nos negamos a aceptarla a la vez que el tiempo nos va acercando a ella de una forma tan lenta como imperceptible. Odiamos a la muerte, pero también nos atrae y por eso se convierte incluso en reclamo publicitario. Y si la muerte nos hechiza, es natural que nos encandile también el que tiene el valor de jugar con ella, de engañarla, de ganarle la partida. Por eso el torero que arriesga termina convertido en un mito. Y si termina muriendo en la plaza, más.

Debo comenzar reconociendo mi inutilidad para saborear la fiesta taurina. No tengo oído para la cosa. Sólo una vez he asistido a un espectáculo(?)y me pareció aburrido. También debo reconocer que asocio los toros con el olor a faria en los bares de hombres, brandy soberano y naipes, genuino punto negro de mi catografía biográfica. Por todo ello me parece exagerado usar el término mito - o misticismo - para referirse al toreo en particular y al torero JT en particular. Tengo la impresión de que los mitos deben ser narraciones de algo no visto - algo que se nos pasa en diferido y siempre por la boca de otro que lo oyó contar. Así me parecen más narraciones míticas las leyendas urbanas de películas serie B- Z. Sobre todo porque respetan el ironismo de todo buen relato. Un mito publicitado hasta la náusea ( y a 400.000 euros el avatar) me confunde( y tal vez esa confusión sea huella religiosa) --- aunque repito mi minusvalía para el caso. Respecto al reto de la muerte, cualquiera que ame la montaña sabe que el riesgo es más real en un glaciar alpino, en un ochomil o, simplemente, cuando una tarde de invierno uno se pierde en cualquier modesta sierra. Además allí no hay público y la epopeya se narra con voz interpuesta. O con el silencio. Del caso del torero JT oye uno mil cosas: lecturas místicas( entre la tauromaquia y la (anti)logomaquia) y lecturas políticas ( que si JT es signo de la nación española frente al antitaurismo catalán o vasco - decían en el programa de S. Dragó - o que si es republicano - decían en El País). Desde luego la actitud del que va a la plaza a ver lo que no es inesperado sino ya habitual - las cogidas y la sangría del hombre JT - creo que nos puede remitir a plataformas interpretativas muy diversas. El espectáculo y la expectativa mediática anula al aprendiz de mito. El torero JT, si es sincera su posición, me recuerda al John Salvaje de "Mundo feliz", tratando de forjar una rebelión shakespereana en el gran supermercado de la sociedad del espectáculo. Amigos todos: creo que tendremos serios problemas para desvelar nuevos mitos.Aunque - y sobre todo - si son necesarios

La cosa es más seria de lo que parece; la filosofía que se puede extraer de una muleta es escasa, pero desde el punto de vista del efecto es algo sublime; el torero está mucho más cerca de lo humano que de lo divino o inexplicable; la distancia es inmensa; se trata de la humanidad heroica que, es la más noble de todas sin la virtud "sofrosine", cordura; es homérico y arcaico en un tiempo que no se comprende lo "arcaico", nisiquiera lo "mítico" que, funciona a través de transformaciones de lo concreto; ese mundo que recoge al hérore torero caracteriza la realidad desde una falta de conocimiento sobre el valor del ser humano y sus límites tal como describe Nietzsche "lo sublime" en Esquilo. Y lleva el terror al máximo vivido mediante una transmisión estética al público (no sólo al de la plaza); la naúsea queda disuelta en el terror sublime ante la impotencia del ser humano en comprender lo que está pasando ahí; el estado de ánimo del público es el de la piedad, en el que no hay lucha ni se plantea temas como la justicia (divina) o el destino. Es un espectáculo donde prima la ejecución estética. Se plante la falta de conocimiento que el ser humano tiene de sí-mismo para tales espectáculos. Decía Nietzsche: "piedad, máscara extrañísima del instinto vital;...¡placentero arrojarse al polvo, sosiego feliz de la infelicidad!¡Glorificación y transfiguración de los medios del horror y de los espantos de la existencia, considerados como remedios de la existencia! ¡Vida llena de alegría en el desprecio de la vida! ¡Triunfo de la vida en su negación!" Si José Tomás no fuera un artista trágico, sería un santo, y ambos poseerían un conocimiento clarísimo de la nulidad de la existencia. Pero eso es lo que han estado haciendo siempre tanto el arte como la filosofía.

Hola, soy Graciela Folgueras, música, compositora y cantautora. Amo y respeto profundamente la vida de todos los seres. Realizo composiciones dedicadas a los animales no humanos, intentando crear conciencia sobre los derechos indiscutibles que ellos tienen. Tengo varias composiciones que quiero compartir con todos y entre ellas una dedicada al toro, y en contra de las corridas. Quisiera saber a que dirección de correo puedo enviárselas, para que puedan subirlas al sitio y así compartirlas. Si desean mas información sobre mi, escriban mi nombre Graciela Folgueras, en el Google u otro buscador y conocerán mas sobre mi labor. A la espera de una gentil respuesta, reciban de mi parte un cordial y afectuoso saludo. Muchas gracias. Graciela Folgueras www.pinapaz.com.ar Esta es la dirección de mi sitio, dedicada a los niños.