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A partir de una frase de la televisión
El presidente Zapatero, en Tengo una pregunta para ustedSeguramente haya formas mucho más afortunadas de indicar que el consumo de la sociedad y sus actitudes en el mercado influyen en la economía: Hace un par de días se nos decía que la economía era también un estado de ánimo. Desde el consumidor que asustado mete su dinero en una caja de zapatos hasta la persona que lleva meses alumbrando una buena idea empresarial, pero le falta el valor de llevarla a cabo por la situación amenazante que vivimos, por falta de financiación o, quien sabe, por las trabas burocráticas. Afirmar que la economía es también un estado de ánimo es sin duda una proposición tan interesante como filosófica: a mi corto entender podemos encontrar sus raíces en la modernidad, periodo que precisamente suele estudiarse en estas fechas en segundo de bachillerato. Tanto el racionalismo como el empirismo implicaron un giro hacia la subjetividad. Para los primeros el mundo encuentra su fundamento, en un primer momento, en lo que el sujeto piensa del mismo, en las ideas. Para los empiristas, el mundo es lo que el sujeto percibe. LLevémoslo a la economía: no hay crisis, ni recesión, mientras no queramos que la haya. Seamos, pues, optimistas.

Este giro hacia la subjetividad y la conciencia ha encontrado en filosofía versiones verdaderamente extremas: el idealismo de Hegel viene a decirnos que la racionalidad y la realidad coinciden. Si la realidad no sigue los caminos que la razón marca, peor para ella. El sujeto se ha convertido desde la modernidad en el dios todopoderoso: ontológico, ético, político y económico. El mundo termina siendo lo que cada uno piensa, siente o percibe. No hay más realidad que mi propia experiencia de la misma, y la fantasía y la imaginación (de las que hablábamos ayer) pueden ser a este respecto un buen punto de apoyo. ¿Por qué sufrir una vida miserable, si puedo inventarme otra, si está a mi alcance ser el Guido de La vida es bella, si incluso en medio de la barbarie y la destrucción es posible soñar con juegos, malabares y aventuras. En definitiva, por qué llorar cuando puedo reír en un mundo fundado por mí, creado a la altura de mis necesidades.

El único problema de este idealismo exagerado es que hay una cosa ahí fuera, llamada realidad, que impone sus condiciones. Freud hablaba del principio de realidad como uno de los pasos necesarios en toda terapia: hemos de aceptar lo que hay. Ortega lo resumió de una manera genial: "yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo me pierdo con ellas". Hay losas insalvables para los estados de ánimo, los idealismos, los optimismos. Incluso los medios de comunicación más afines al gobierno ofrecen datos estremecedores: paro, PIB, inflación. Recesión. Encuentra el sujeto entonces el límite duro, sarcástico y aterrador a todos sus estados de ánimo, a sus proyectos, a las ideas que le rondan la cabeza y a los sentimientos que le impulsan a pensar que mañana será mejor que hoy. Aquel que desde la modernidad se mostró todopoderoso parece ahora débil, incapaz de volver a pensar que puede crear el mundo. Vivimos tiempos duros, en los que las tesis idealistas encajan mal en una realidad que para una gran parte del mundo ha sido siempre igual de dura. ¿Era para ellos la economía un estado de ánimo" Hay contextos sociales y económicos que permiten cierto tipo de idealismo. Otros viven condenados el realismo. Desde hace siglos. Qué gran cantidad de filosofía concentrada en la frase del presidente.