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Jorge Luis Borges: Sueños y ficciones filosóficos
Sugerimos hoy una lectura filosófica que para la gran mayoría no supondrá, ni mucho menos, una novedad: los libros de cuentos y relatos de Jorge Luis Borges. Nadie va a descubrir a estas alturas su valor como literato tampoco la enorme cantidad de filosofía que destilan sus personajes, las situaciones imaginadas y las fantásticas recreaciones de sus relatos. Una de las mejores maneras de iniciarse en la filosofía es comenzar por la literatura filosófica. Si se nos permite el emplear esta categoría, creo que una gran mayoría estaría de acuerdo en situar a Borges como uno de sus maestros. Leyendo a Borges no sólo podemos estar seguros de sujetar buena literatura en nuestras manos, sino también de enfrentarnos a desafíos para nuestro pensamiento, de invitaciones a llevar nuestra razón y nuestra imaginación hasta sus límites, en mundos soñados e imposibles que sin embargo tienen mucho que decir en algunos de los temas centrales de la filosofía. De la ficción a las ideas sin ningún tipo de salto intelectual. Borges nos sitúa, sencillamente, en un mundo distinto, tan filosófico o más que este que habitamos.

Los temas de los relatos de Borges son tan numerosos como originales: las cuestiones lógicas abundan en sus relatos. La relación entre el mapa y lo que representa, las bibliotecas de anaqueles infinitos, los lenguajes exactos que tratan de reflejar la realidad tal cual es... enlazados con problemas psicológicos, como puede ser la memoria o la percepción. Se trata en definitiva de auténticas ensoñaciones filosóficas, en las que el espacio y el tiempo se adaptan a las necesidades narrativas del autor. Autores que se entremezclan con sus personajes, narrativa que sale del libro y se instala en el mundo, conflictos y problemas que saltan de las letras para desafiar nuestra capacidad de pensamiento. Aceptando que existen muchas novelas y textos literarios que incluyen significados filosóficos, se puede afirmar que Borges ha sido capaz de fabularlo todo: cuestiones de teoría del conocimiento, lógica, metafísica, e incluso problemas éticos derivados de algunas de sus recreaciones.

Alguien podría reprochar a la recomendación de hoy que Borges no es un filósofo. Y tampoco son filosóficos, en sentido estricto, sus textos. No hay argumentación racional ni conceptualización. Por el contrario, son la fantasía y la imaginación las que predominan. La crítica tan sólo puede provenir de un academicismo demasiado cerrado: las obras de Borges han invitado al pensamiento a más personas que muchos de los enrevesados textos técnicos. Debemos evitar el error de caer en una especie de sectarismo construido sobre el privilegio de poder dictaminar qué es y qué no es filosofía y superar cualquier tipo de enfrentamiento con otros haceres humanos, más aún cuando nos son tan próximos como el arte de escribir bien. Borges lo hacía: escribía bien y además daba que pensar. Fue capaz de recoger mitos, transformar historias, transmutar el cuento en pensamiento. El secreto de esta poderosa alquimia está sólo al alcance de unos pocos elegidos, y Borges fue uno de ellos. Su lectura es más que recomendable para iniciarse en cuestiones filosóficas, o, por qué no, para profundizar en las mismas.