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Identidades políticas y nacionales a lo largo del tiempo

Año 2080. Festival de Eurovisión. La canción española gana el festival gracias a los votos de los dos últimos participantes, Cataluña y País Vasco, que han otorgado doce puntos al país al que pertenecieron durante tantos siglos. La euforia se desata en lo que antaño fuera la piel de toro, calificativo que ha quedado obsoleto por la independiencia política de dos de sus regiones. Es más que posible que esta situación les pueda parecer utópica a unos y desastrosa a otros. La cuestión es que no hay mucha diferencia con el fenómeno que año a año se produce en el festival que siempre vamos a ganar una semana antes de que se celebre pero que finalmente nunca ganamos. Eurovisión logra unir lo que la historia ha separado. Personalmente no me preocupa quién gane el festival o que España jamás lo logre, pero es un fenómeno bien particular: los países y las gentes votan a favor de países vecinos, con los que hace apenas una década mantenían conflictos políticos de calado, en algunos casos incluso armados.

Son las paradojas de la historia: la Yugoslavia que se desangró hace bien poco y se rompió en mil pedazos, vota hermanada en la competición internacional. La Unión Soviética que cada vez tenía menos de unión y de soviética ha transitado por el mismo camino: no importa que haya incluso cuentas pendientes, conflictos fronterizos sin resolver o que en el día se sigan echando pestes del vecino. Los problemas se olvidan, o se hacen más pequeños, cuando se acude a una cita internacional. No podía ser de otra manera: entre elegir a un país cuya canción nos puede parecer mejor o ceder nuestro voto al enemigo más íntimo no hay color. La música amansa a las fieras en la misma medida en que transmuta la política. O a la vicecontra: puede haber motivos políticos que nos lleven a pensar que unas abuelitas rusas sacando pastas del horno han realizado una actuación espectacular, superior a la de otros jóvenes que tratan de abrirse un camino dentro del mundo de la música profesional.

Los votos del festival contrastan con otro hecho bien reciente: la abrumadora pitada del himno en la final de la copa del Rey. Seguramente poner ambos sucesos en relación le parezca a alguien un auténtico disparate, pero en el fondo son dos gestos relacionados con la identidad política. Unos que están y no quieren estar, y otros que tras mucho tiempo tratando de dejar de estar se comportan internacionalmente como si aún estuvieran. Parece que el odio uniera tanto o más que el amor: quién sabe si los que hace tres días pitaban el himno podrán alegrarse dentro de un mes ante un eventual triunfo de la selección española en la Eurocopa. Ya hubo casos tristemente contradictorios en el pasado mundial. Es así como se construyen las identidades políticas: con una amalgama caótica de cuentas pendientes, de amores no correspondidos, de proyectos comunes fracasados o de intentonas de echar a andar por uno mismo que no llegan a buen puerto a la primera. Situados en la historia, no podemos dejar de ser lo que somos. Cambiaremos lo que vamos a ser, o podremos intentarlo. Pero en lo que eso llega, parece que seguimos condenados a que los países que se odiaron muestren su amor eurovisivo y otros muestren al mundo el odio interno que les une.

Es bastante ingenioso traer el ejemplo de Eurovisión... pero simple el análisis. Seguro que podemos ser más analíticos porque sino seguimos sin entender nada y tomando posturas ingenuas...yo no tengo tiempo ni la verdad absoluta, pero hay muchos campos de ignorancia social como la diferencia entre nación y nacionalidad o entre pais, nación , estado, patria... también nacionalismo basado en la historia o en el futuro, etc...el tema es complejo y largo, pero me temo que los nacionalistas se mueven por emociones simples y no por reflexiones profundas, tanto los nacionalistas centrífugos como los centrípetos.