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(Aunque sea algo inútil)

En lo que va de curso ya ha habido un par de ideas chocantes que han sido discutidas en clase. Tanto en primero como en segundo de bachillerato. Quizás ambas sean la misma idea, pero estoy seguro de que no son ideas propias, gestadas en la mente de los que las defienden. Se trata más bien de constantes culturales, síntomas de una forma de pensamiento dominante que se va imponiendo de una forma incuestionable. No tiene sentido escandalizarse por lo que dicen o piensan los alumnos, cuando en realidad su visión del mundo se ha construido, como no puede ser de otra manera, en diálogo con la nuestra, y un diálogo bien particular puesto que se da en condiciones un tanto asimétricas. Durante buena parte de su vida, lo que les hemos contado ha sido para ellos una verdad firme, segura, que normalmente no hay que cuestionar. En otras palabras: los niños que han sido hasta hace bien poco no van a pensar que sus padres o sus profesores les engañan, que les mienten para que vivan en el error. Nadie les va a vender la moto ni les van a contar historietas.

Vamos por orden cronológico: hace un par de semanas comentaban los alumnos de 2º de bachillerato, tanto los de ciencias como los de ciencias sociales y humanidades, que los mitos son cuentos falsos. Así, de un plumazo, se ventilan varios siglos de cultura de la oralidad, de contrucción fantástica de personajes y situaciones que han trascendido el tiempo que los alumbró. Así, con un seguro golpe de mano, entramos en la civilización de las causas, los números y las leyes científicas, capaces de explicar todo lo explicable. Los cuentos no tienen valor alguno: así de pronto parece haberse olvidado ese mundo fantástico que nos educó y en el que crecimos. O peor aún: puede que en las últimas décadas nos estemos olvidando de los mitos como uno de los elementos necesarios en la educación de los más pequeños. Una tercera posibilidad: la ficción está hoy tan monopolizada por la televisión que se hace difícil cualquier diálogo con ella, encerrada como está en la pequeña pantalla.

Con todo, no hay por qué asombrarse demasiado: días después, comenzábamos el tema de la realidad en primero de bachillerato. Preguntados por qué la realidad o qué cualidad debe tener algo para calificarse de real, no tardó prácticamente nada en escucharse una respuesta desalentadora: lo útil. Para que algo sea real, tiene que ser útil. Y lo peor no es esto: cuando intentas hacer pensar a contracorriente y preguntas por algo real que no tenga utilidad, chocas directamente con la perplejidad. Todo cuanto existe sirve para algo. Todo en la naturaleza tiene una utilidad. Estos alumnos son los mismos que me dirán el próximo curso, al inicio, que los mitos son falsos, que no sirven para nada. Andarán por los trillados caminos del positivismo, de la fe en la ciencia y del no querer ver todo lo que de simbólico y fantástico contiene la vida de todo ser humano. Somos creadores de realidades, y la peor de las ficciones es aquella que oculta su naturaleza. Es una ficción malintencionada, porque se presenta como lo que no es. Y si tengo que elegir entre la ficción y lo útil, quizás sea mejor la primera, que es una de las cosas más útiles que existen. ¿Quién podría vivir sin mitos, sin ficción"

Cabe cuestionarse, en el sentido que marcan los pensamientos que enuncias, si las cosas cambian algo al suponer que algunos "cuentos falsos" son útiles. Si la utilidad es marca - o estigma - de la realidad, los cuentos falsos son reales. Por lo tanto no tendría nada que objetar a tus alumnos - el cliente paga. Los mitos son cuentos falsos y lo son porque dejaron de ser útiles, pero hay muchos cuentos falsos que son útiles y, por lo tanto, reales-reales, sea, algo más que verdaderos. Saludos, Miguel.

Me parece un interesante comentario el que hace Luis. Precisaría diciendo que "llamamos "cuentos", (un cuento implica falsedad, creo) a los relatos que dejaron de ser "útiles", es decir, significativos". El tema llevaría a una discusión sobre la verdad que no se si es el caso. Saludos.