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Un derecho difícil de integrar en la sociedad capitalista

El artí­culo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma lo siguiente:

  1. Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.
  2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.
  3. Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.

Estamos sin duda ante un artículo tremendamente actual. Y polémico: basta fijarse en la realidad educativa de los diferentes países para darnos cuenta de que estamos bastante lejos de cumplirlo en su totalidad, hasta el punto de que algunas de las ideas que reconoce el artículo podrían resultar molestas incluso para los más ardientes defensores de la educación como derecho universal y gratuito.

Vayamos por partes. A nadie se le escapa que las actuaciones urgentes para que este derecho sea más que una mera declaración de intenciones han de centrarse en aquellos países que cuentan aún con una alta tasa de analfabetismo o en los que los niños comienzan a trabajar a edades en las que su lugar más adecuado sería la escuela. El trabajo infantil es uno de los mayores enemigos del derecho a la educación, por lo que sin cambios en la economía de los países más pobres es imposible que las familias renuncien a un ingreso regular. Es una de las paradojas de este mundo nuestro: los países que en peores condiciones pueden garantizar el derecho a la educación son los que cuentan con unas tasas de natalidad más altas. Así que la universalidad de la educación sigue siendo una tarea tan pendiente como su gratuidad: qué gastos son "aceptables" y cuáles no sigue siendo objeto de controversia. Si la educación fuera gratuita, los libros de texto no representarían un desafío a la economía familiar cada comienzo de curso. Las voces criticas señalan que no es suficiente con un sistema educativo que presta los recursos humanos indispensables, por lo que aún hay un largo camino que recorrer para que este derecho se realice plenamente en las sociedades que se dicen avanzadas.

Aún así, no basta con la universalidad y la gratuidad. El artículo de la declaración especifica las metas de todo sistema educativo, que deberían ser fundamentalmente morales. Algo que contrasta con sistemas que parecen claramente orientados a satisfacer un sistema productivo. El mejor ejemplo lo tenemos en la próxima reforma educativa que se plantea en España: el trabajo como meta última y la economía y la empresa como motores del cambio. A nadie se le ocurriría diseñar todo un sistema educativo que parece pensado más para salir de una crisis económica que para otra cosa. Ignorando, curiosamente, que buena parte de dicha crisis encuentra su explicación en la moral. Suena muy bonito eso de educar para la paz, pero las sociedades capitalistas educan quizás para la competencia. Una tensión de la que no está exenta en ocasiones la que se pretende presentar ante la sociedad como una enseñanza moralmente superior como la concertada: presumiendo de ideario, de lo que terminan haciendo gala es de que entre sus alumnos figuran tantos o cuantos futuros médicos o arquitectos, y muestran orgullosos la colección de antiguos alumnos ilustres. ¿De verdad educamos entonces para la paz, la tolerancia y la comprensión" ¿Es fácil integrar entonces este derecho en las competitivas sociedades capitalistas" Para complicar del todo el asunto, después de marcar unos objetivos generales, el artículo recoge el derecho a la libertad de los padres para escoger la educación de los hijos. Algo que seguramente desconcertará a muchos de los defensores de la enseñanza pública: nos guste o no, los padres tienen el derecho de elegir si quieren dar a sus hijos, o no, una enseñanza basada en valores cristianos, islamistas o judíos. De forma que iría en contra del artículo una imposición obligatoria de un tipo de enseñanza similar para toda una sociedad. Una educación universal, gratuita, con fines morales pero abierta a la diversidad de enfoques y sensibilidades. Probablemente una utopía irrealizable en un mundo carente de suficientes recursos, y en el que la intolerancia y el deseo de imponer nuestras ideas sobre los demás arruina muchos esfuerzos educativos.

Los derechos que aparecen arriba hay que perseguirlos aunque no se alcancen. En la actualidad vivimos una crisis de valores. Durante mucho tiempo se ha impuesto el capitalismo, la competitividad, el individualismo. Esto no nos ha llevado a nada bueno. Aunque la reforma educativa persiga salir de la crisis potenciando en los alumnos conocimientos económicos, no significa que de esta forma se consiga salir de la crisis. Quizás una educación basada en valores como son esfuerzo, cooperación, respeto,etc. sería más importante. También es importante enseñar a pensar al alumno de forma crítica y que opine de forma autónoma. Por ejemplo la filosofía es una buena herramienta para enseñar a los alumnos a pensar, debatir y exponer sus ideas. Desde esta disciplina se tratan muchos problemas éticos y se debaten cuestiones que afectan al hombre. Quizás también en la enseñanza habría que perseguir desde todas las disciplinas que el alumno se esfuerce más. Aunque para ello en vez de hacer recortes, habría que invertir más en educación.

En la actualidad no se vive una crisis de valores. Lo que ocurre es que se han impuesto una serie de valores con respecto a épocas pretéritas. Eso sí, y coincido contigo Inés, en que esos valores no están abocando al desastre. Pero esos valores (no todos, obviamente), que al menos yo no comparto, no están siendo instaurados en la actualidad por el gobierno de turno sino que son valores que ya han calado desde hace mucho tiempo en la sociedad. Querer culpabilizar a un gobierno (independientemente de su parte alícuota de responsabilidad) es eximir a la sociedad (es decir, eximirnos todos) de su responsabilidad. Por cierto, parte de esa culpa debe de ser asumida por ciertas corrientes filosóficas imperantes en la actualidad. Para qué y porqué estudiar filosofía si para algunos la filosofía es un mero apéndice de la ciencia. Y claro, si esto lo dice un científico, pues vale, pero si lo dice un filósofo, pues apaga y …… Si la filosofía está huérfana de fundamentos y abraza el nihilismo y el relativismo, pues francamente, quedémonos con la ciencia, y a otra cosa, mariposa. Un saludo

Indudablemente el hombre debe ser crítico y es responsable de los valores que tiene (yo no he dicho lo contrario). Sin embargo es muy fácil dejarse llevar por los medios de comunicación, amigos, etc. Quizás las personas han vivido "drogadas" en una realidad que no era "real". Se pensaba que todo se podía conseguir con un crédito y en la sociedad de consumo mucha gente ha tenido unas necesidades creadas por la propia sociedad (ropa de marca, buenos coches, etc). Quizás ahora cambien los valores. Que un filósofo piense así de la filosofía no quiere decir que no haya otros que vean su utilidad. El que valore la filosofía no quiere decir que quite valor a la ciencia. Por ejemplo me parece un desatino que el gobierno de poco peso a la tecnología en el currículo cuando hay ingenieros españoles trabajando en el extranjero. Pienso que el alumno debe salir formando en todas las disciplinas (matemáticas, lengua, economía, filosofía, tecnología, etc). Sin embargo no creo que los problemas que hay en la educación se solucionen añadiendo más horas a matemáticas y lengua y reduciendo en otras. Creo que lo importante es dar calidad de enseñanza mientras el alumno está en el aula. Para ello hay que invertir en educación y no recortar. Dar a los alumnos que no quieren seguir estudiando una buena formación profesional (invertir en estos módulos). Poner un bachillerato de 3 años como mínimo. Realizar los apoyos que sean necesarios. No masificar a los alumnos. Todo esto se consigue invirtiendo en educación y no recortando.