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¿Qué y quién es el hombre?

Introducción a la antropología filosófica, con especial atención a las ideas de Gabriel Marcel.

Introducción

Según el diccionario, por “naturaleza” se entiende las siguientes definiciones: “Modo de ser de una persona o cosa. Conjunto de las cosas del universo físico. Constitución física de una persona”. 1

Si bien el término “naturaleza” puede tener varias definiciones, elegiremos la primera y la tercera. Y es que la pregunta ¿Qué y quién es el hombre? Busca necesariamente eso que todos tenemos en común y que nos identifica en una misma especie humana. Pero ¿de qué me sirve saber que comparto con el otro algo en común si es a la vez es tan diferente a mí?

Para entender el significado y la importancia a largo alcance de naturaleza humana es preciso evitar el dualismo planteado, desde hace mucho tiempo atrás, por Platón y luego por Descartes en el siglo XVI. No hablamos de aspectos iguales ni semejantes en comparación con otros seres humanos. Hablamos de una misma materia que compartimos al ser personas. De unas mismas capacidades al venir a este mundo como seres humanos. Hablamos, al final de cuentas, de nuestros semejantes.

El hombre no es la suma de las partes, ni la división de alma y cuerpo. No es tampoco solo alma (racionalismo), ni solamente cuerpo (empirismo). La naturaleza del hombre, tampoco puede quedar a merced de un punto de vista subjetivo, que se traduce en el parecer de cada quien. Sean cual fueran las diversas posturas, la naturaleza humana en sí, tiene una objetividad intrínseca, un valor por sí misma. Una finalidad que surge de las mismas potencialidades espirituales humanas (inteligencia y voluntad), y un determinado modo de manifestarse en el mundo según sea mujer u hombre. Captar esto nos hace capaces de entender el gran reto de todo ser humano por alcanzar el ideal de excelencia humana.

Siguiendo la línea del pensamiento del filósofo francés, Gabriel Marcel, estoy convencida a todas luces que el hombre es un ser encarnado,abierto, libre y espiritual.

“Que el hombre sea un ser encarnado quiere decir para Marcel que es un ser corporal y que está en el mundo y mantiene relaciones con los otros seres mediante su cuerpo. El estudio de la encarnación en el pensamiento de Marcel es, pues, principalmente el estudio de la corporalidad humana, que no es algo accidental o añadido al hombre, sino algo metafísico, propio de su ser”. 2

No podemos entender al hombre en términos idealistas, ni tampoco reducirlo, a un enmarañado de instintos de estímulo y respuesta, porque comparte como los animales un sistema sensitivo. El hombre no es solo cuerpo. No tiene un sistema cerrado. El hombre por eso es más que su propia naturaleza, y es más que cuerpo y alma, porque no ha venido al mundo configurado, ni determinado, sino todo lo contrario, libre. Con la libertad, el hombre no solo es capaz de lograr mejoras en su ser y elevar su naturaleza humana, sino que es capaz además de encontrar respuestas en el mismo carácter antropológico de su ser. Es capaz de preguntarse por su existencia, por el sentido de su vida, por su condición de persona, por su trascendencia.

Sin embargo, la situación de la persona es que su ser se aparece como unido a un cuerpo.

Muchas veces podemos experimentar de manera vivencial la contradicción de nuestro ser con nuestro cuerpo. La disyuntiva casi tácita, del deber con el querer. Son los típicos casos cuando la conciencia nos aconseja la norma y el cuerpo nos violenta con la negación. O de lo contrario, el imperio autosuficiente de la razón que contradice lo que el cuerpo hace o pide. Estas experiencias normales en la naturaleza humana, nos permiten afirmar que en la existencia, además de ser encarnada, existen dos tipos de relación diferente de mi ser con el cuerpo y la conciencia. “La primera relación se establece cuando el cuerpo es dado a la conciencia espacialmente. La segunda surge cuando el cuerpo propio es dado como experiencia interna”. Es decir, la primera surge cuando experimento que mi cuerpo está instalado en el mundo. La segunda surge cuando soy consciente de que mi cuerpo es la manifestación de mi yo.


  • 1 Pequeño Diccionario Kapelusz de la Lengua Española. Ed. Kapelusz. Pag 348.
  • 2 Urubayen, Julia. “El Pensamiento Antropológico de Gabriel Marcel”. Ed Eunsa. Pág. 38

El hombre como ser encarnado

Hay una evidencia visible. Estamos instalados en el mundo. Tenemos un cuerpo con el que nos movemos, pero también sentimos la existencia de ese cuerpo con relación a nosotros. Sabemos que sentimos. Somos conscientes de esa relación. Pero no encontramos con certeza su finalidad.

Es decir, ¿Cuál es la finalidad de saber que soy un ser encarnado? Esta incógnita visiblemente indescifrable, fue precisamente la pregunta que Marcel respondió. ¿“Qué significa que el hombre sea un ser corpóreo o encarnado?” 3

Si el hombre considera que el cuerpo es algo separado, trataría al cuerpo como un objeto o como un cuerpo instrumento, pero no como un cuerpo con relación a un sujeto. El cuerpo no es solo carne, detrás de esa masa muscular viviente, hay un Alguien. He ahí el valor de la persona, como única e irrepetible, y el de la naturaleza humana como fin en sí misma.

“El propio cuerpo no es una cosa estable, sino una apertura a sí mismo y a lo otro. No es un espacio cerrado, sino algo abierto a la realidad. Ese crecimiento del cuerpo propio, no es dispersión sino interiorización, que es la garantía de la unidad del hombre. Esto quiere decir que la corporalidad propia dota a unidad espiritual a un ser que no se reduce a la dispersión. La corporalidad propia es una realidad metafísica de la existencia. Así entendido, el cuerpo garantiza unidad real de la persona”. 4

La encarnación es la piedra angular tanto de la reflexión acerca de la existencia personal como de la reflexión acerca de la existencia de las cosas. Somos cuerpo y además ese cuerpo es mío. Ese cuerpo en el mundo visible encarna un ser. Soy yo.

El cuerpo permite una relación con los demás por medio de una relación simpática o con las cosas por medio de una relación instrumental. La corporalidad en el hombre manifiesta esa existencia del yo objetivado y el medio para conocer toda realidad con los demás existentes.

En esta línea, la sensación se entenderá entonces como un acto y no como una pasividad. Cuando recibimos sensaciones, nos referimos al mundo de las cosas. Es el acto de acoger, o de hacer participar en la propia corporalidad a lo otro, que se hace parte de nosotros ya. Las sensaciones que sintamos, siempre configuran al que siente.

Las personas, en cambio, no pueden ser poseibles mediante sensaciones porque no son objetos ni cosas. Por ello, las relaciones interpersonales no se basan en la posesión, sino en el amor, la amistad y el respeto. En la donación continua de aceptación, creatividad y enriquecimiento mutuo.

De la misma manera, la persona no se pertenece a sí misma, porque es una naturaleza libre y por ello, disponible, abierta y totalmente perfectible. Aunque cabe la posibilidad, porque tenemos libertad, de tornarnos en personas cerradas, indisponibles y egocéntricas.

“El yo no se pertenece a sí mismo porque al cerrarse en sí mismo se convierte en un ser indisponible y empobrecido, que ha perdido el verdadero sentido de su libertad y de su ser: la apertura o trascendencia”5

En este sentido, las relaciones interpersonales no se traducen en relaciones de posesión sino de donación, aceptación y creatividad.

“Esto quiere decir que la distinción entre el ser y el tener es fundamental para poder lograr una adecuada comprensión de las relaciones humanas, que no deben ser reducidas a relaciones de tener, sino tratadas como relaciones entre seres”6

  • 3 Ibidem, pag 47
  • 4 Ibidem, Pág, 53
  • 5 Ibidem, Pág. 73
  • 6 Ibidem. Pág. 74

La Intimidad: El hombre como ser personal

Sabemos ya que el hombre es un ser instalado en el mundo gracias a esa corporalidad, que establece diferentes relaciones con los otros seres y que además, es un ser que hace camino a su andar. No simplemente existe como los animales. Sin embargo, porque el hombre es apertura hacia el mundo que le rodea, es intersubjetivo. Es decir, todo lo que vive, siente, y hace, lo vive desde adentro para manifestarlo necesariamente hacia fuera.

El hombre es un ser con otros, que no se limita a sobrevivir, sino a vivir en plenitud con los demás. Esa condición espiritual le hace diferente y superior a los otros seres vivientes. El hombre no solo vive, sino que hace vida lo que vive, porque tiene una intimidad. Esta peculiaridad le denota al ser humano, su carácter de persona única e irrepetible. Cada quien tiene un modo de ser personal, una manera “original” de manifestarse en el mundo, de hacer y por ende, de mostrar su modo de ser.

Por más que dos personas coincidan en un modo de pensar, cada una tiene un modo personal de manifestar esa sintonía. Nadie dice lo mismo de una única forma. Nadie hace las cosas igual de una misma manera. Todos actuamos diferente, quizá haciendo lo mismo.

La intimidad es un tesoro sagrado por ese valor personal que no se repite en otro ser. Por ello, la vocación personal si bien puede ser compartida, cada quien muestra esa forma intersubjetiva de llevarla a cabo. Y rescatando el valor personal de cada uno, la persona no almacena vida en el corazón de manera gratuita, lo hace con un sentido y vocación personal.

“El hombre tiene que llegar a ser lo que está llamado a ser.” 7

Planteada así la frase, la existencia se presenta como una apuesta en la que hay algo en juego, algo que puede ser ganado o perdido. Algo que tenemos todos y es la razón del por qué existimos. Nuestra finalidad en la vida. Lo que ponemos en juego, no es otra cosa que nuestra existencia con nuestra intimidad, y qué tan auténticos seamos al manifestarla.

“Así vista la existencia humana se presente como un viaje y como una tarea a realizar personalmente. Cada persona ha de vivir su vida o su existencia e intentar su plenitud, sin que pueda ser forzado por nada ni nadie, pies es la propia libertad la que ha de responder y realizar su tarea. El hombre es libre de elegir su plenitud o su perdición: el hombre que elige su perdición es el hombre indisponible, el hombre cerrado en sí mismo. En cambio, el que elige la plenitud es el hombre disponible, que es capaz de encontrar el valor de su propia vida. Debido a la libertad del ser humano, Marcel afirmó que vivir, para él hombre es aceptar la vida, decir sí a la vida”. 8


  • 7 Ibidem. Pág. 235
  • 8 Ibidem. Pág. 236

La Libertad humana: La Conquista de la Individualidad

Cuando reflexionamos sobre la libertad podemos creer, a simple vista, que está puesta en la naturaleza humana con un simple y corto propósito: para elegir lo que sea.

Sin embargo, con una reflexión segunda y un poco más profunda, podemos llegar a la conclusión de que la libertad no está dada sin más. No puede ser considerada como un simple predicado, sino que habrá que conquistarla para ser y hacer las cosas verdaderamente libres. Tenemos que utilizar bien nuestra libertad.

En la vida, las conquistas no surgen de la nada. Conquistar algo, significar estar preparados para alcanzarlo. A diferencia de lo sucede con el existencialismo de Sartre, la libertad no puede ser vista como una alternativa ligada a la desesperación, que es lo que sucede cuando se afirma que el hombre está condenado a ser libre. La libertad no es una condena. Estoy convencida de que la única razón de ser libres se sustenta en el amor perfectamente generoso de quien nos creo. Por eso, ser libres implica estar antes respaldados en algo o Alguien, para llegar a eso. Es decisión. Compromiso. Fidelidad. La libertad requiere por ello, de plenitud interior.

“Un hombre interiormente vacío no puede ser libre. Esto quiere decir que la libertad es una conquista conseguida a partir de una riqueza interior. La libertad no es un castigo, sino que está estrechamente vinculada a la esperanza, que es la fuerza que anima la existencia humana. Si la libertad fuese algo a lo que el hombre estuviera condenado, este no tendría ninguna raíz, sino que se sabría sin raíces y se querría así. Pero el hombre no es un ser que elija a sí mismo desde la nada ni un ser sin ninguna naturaleza”. 9

La naturaleza humana está dotada de inteligencia, voluntad y afectividad. La inteligencia que se dirige a la búsqueda de la verdad para que el hombre oriente su vida. La voluntad para conseguir y decidir por lo que la razón vislumbra como verdadero, y la afectividad, para darle ese saber y aroma a cada acción humana. La libertad permite en el hombre ese desarrollo hacia una plenitud existencial, a esa vocación personal que ha sido llamado con un aporte significativo y valioso.

Si no existiese la libertad, como don de Dios, entonces el amor en este sentido sería esclavitud. El hombre sería indisponible. Cerrado en sí mismo. Atado a su propio yo. La libertad favorece el despliegue de esa apertura de uno mimo y hacia los demás.

La verdad os hará libres, dijo Jesús en algún momento, porque solo la verdad es liberadora. Cuando nuestro ser se ha visto devorado por la mentira, y nos acostumbramos a mentir, no solo impedimos el desarrollo de nuestra libertad. La mentira implica humillación de la persona que está atada, esclava y sometida a la mentira. No puede avanzar porque anda en una fantasía. La verdad enclarece siempre el panorama. La verdad une, da alegría y paz. La mentira desune, entristece, y ata.

“El hombre porque tiene libertad puede rechazar este don, pero al hacerlo se rechaza a sí mismo. Traiciona su propia vocación y su propia naturaleza. El rechazo a ese desarrollo y de la propia vocación, pone de manifiesto que la gracia es esa luz que ilumina, pero no obliga ni ciega al hombre, pues se vislumbra en la penumbra, en el interior del hombre”. 10

En la medida en que la libertad se guíe por esa verdad o esa luz, más fácilmente podrá reconocer esa luz y más suya la hará. Pero cuanto más se aleje de ella más difícil le resultará reconocer su propia verdad y esa luz iluminadora.

Podemos descubrir la verdad en muchos aspectos. La verdad en la naturaleza, en la amistad, en el amor, en la familia, en el trabajo. Pero la verdad de uno mismo, significa no solo ser auténtico con lo que soy y hago, sino descubrir para qué estoy hecho. Hacia dónde quiero llegar y quién quiero ser en este mundo. Un perfecto y verdadero mentiroso, o un verdadero amante de la libertad.


  • 9 Ibidem. Pág 247
  • 10 Ibidem. Pág 251